lunes, 13 de julio de 2015

Atadura

Soñé anoche que estabas ahí nuevamente, con tu traje lleno de escarcha. La noche era fría y seguramente habías caminado por la nieve para llegar a tiempo.
Pude sentir tus pies hundiéndose en el camino, paso a paso acercándote a mi.
Mi cuerpo no podía moverse y mis ojos solo podía observar las grietas del raído techo.
Cerraba mis ojos para poder escuchar con atención y así descubrir dónde estabas. El sonido del viento mecía en la oscuridad tu cabello y silbaba en tu oído que apresuraras el paso, que pronto seria tarde.
Mi respiración se agitó cuando por fin aquel viento sutil trajo a mi tu aroma. Una extraña mezcla de sangre seca y miel.
Ahora tus pisadas eran más cercanas, podía sentir cómo tu respiración también se agitaba al avanzar por la nieve.
Mis ojos ya estaban desorbitados y mi cuerpo humedecido, ansiando que llegaras pronto para sentir ese sabor en mi boca.
De pronto el silencio se volvió intenso y solo escuchaba mis latidos, mi corazón que apenas bombeaba.
Sentí como abrías lentamente la puerta y un gemido se escapó de mis labios. Era como si todo éxtasis estuviera ahí, a punto de ser bebido en tus manos.
Cerré mis ojos y sentí tus pasos acercarse hacia mi. Al fin pude mover mi cuerpo, quise incorporarme, pero algo me lo impidió. Claro, cómo lo olvidé.
Mis brazos seguían atados a la cama al igual que mis piernas. Fue cuando mi corazón comenzó a extinguirse lentamente entre tus manos.
Mis ojos se abrieron al fin y mi respiración parecía retomar de a poco el ritmo. Ya no estabas, tu aroma aun estaba en la habitación y podía sentir la frialdad de tus labios en mi piel.
Mis manos estaban sobre mi vientre, con las marcas de aquellas cuerdas en las muñecas.
Dormiré ahora, mientras espero la próxima luna.

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