jueves, 23 de abril de 2015

Galopante

Vivo enamorada...
De una voz que ya no me toca
De unos versos que jamás pertenecieron a este mundo.
Vivo cuativada por aquello que ahora apenas recuerdo...
Y este cólera que nace de mis entrañas no es más que amor codificado en pequeñas semillas de añejo malestar.
Un malestar que el tiempo ha engendrado con la indeferencia de tus manos, de tu piel, la no pertenencia de tu aroma.
Aquellas palmas unidas en mi cabeza suelen despertar y golpearme ante algun nuevo aroma, pero es solo mi intención de esconder mi más desafortunado destino...
Guardaré ese malestar de mi entrepierna para cuando vuelvas a respirar en mi frente.

viernes, 17 de abril de 2015

Un réquiem
escrito para ti, con tinta de sangre y acordes de soledad...
Ojalá algún día lo puedas apreciar

jueves, 16 de abril de 2015

A ti...







Que ganas de estar en aquel  lugar ¿lo recuerdas?
Era una pequeña cabaña que solíamos alquilar.
Frente a ella no había habitantes cercanos
 y el aire que yo respiraba era el mismo que tú exhalabas.
La vida era distinta en esa cabaña, el aroma de la piel, 
la transparencia de tus ojos, 
el sudor de tu frente era completamente nuevo cada vez que estábamos ahí.
Tus alas, a pesar del poco espacio, se extendían por completo,
Y mi mente, a pesar de la magnitud, lograba abarcar cada espacio.
Mis manos lograban sentir cada rincón 
y cada detalle era  descubierto entre risas y lágrimas.
Yo siempre recuerdo esa cabaña, teníamos todo y a la vez nada.
El rojizo que tanto te gustaba a mi a veces me avergonzaba,
Pero entendí siempre tu fascinación por ese color.
Recuerdo cada gota que bebí, de aquel dulzor.
Tu mirándome atentamente, esperabas cada reacción,
Como un niño en la mañana de navidad.
Yo sentía que tu alma me pertenecía, que tu cuerpo era completamente mío.
Pero tu corazón nunca estuvo en ese lugar.
Yo te encontré sin él, y sin él te dejé.
A veces queremos tapar el sol con un dedo,
Pero mis manos pequeñas jamás tuvieron tanta avaricia.
Yo ahora estoy ahí, en esa cabaña y a veces llegas
Pero no me ves, no me hueles, no me bebes como antes.
Entonces muero  un poco más,
Escondida en el diván de tus enfermizas inquietudes,

En donde me enterraste y  me cubres de sal cada tarde. 


miércoles, 15 de abril de 2015

Corazón

Tomando una última copa, dejó entrever que seria su última cena.
Ella, sabiendo que todo terminaría, no probó bocado alguno, para disfrutar de cada detalle; cómo bebía vino, cómo sus cejas se arqueaban cada vez que metía un langostino en su boca, cómo humedecía sus labios con su lengua antes de hablar, cómo sonreía falsamente cuando la miraba.
Al salir del restaurante su corazón se quedó en aquella mesa y su cuerpo insensible de dolor, caminó sin rumbo bajo la lluvia.
Él la miró desaparecer, sin ser capaz de moverse por miedo a que el frío invierno arruinara su peinado.
Tomó un taxi en dirección contraria y jamás volvió a verla.

Ella perdió su corazón y respirar se transformó en un acto sin pasión. Caminaba sin sentir cansancio, trabajaba veinticinco horas al día y cuando se agobiaba demasiado, se sentaba en el sillón un par de minutos con los ojos cerrados.

Cierto día, de improviso su cerebro pareció mandar una orden de alegría a su boca. Pero el camino no era directo, pues la señal debía pasar primero por su corazón.
Como ese lugar estaba vacío, solo esbozó una mueca, que lejos de parecer una sonrisa, era similar a un espasmo de asco.
Trató de recordar en dónde dejó su corazón. Fue entonces que visualizó aquella mesa con su corazón casi sin pulso.
Corrió lo más a prisa que su cuerpo le permitió. Entró al restaurante y acercándose a la mesa esperó encontrar en el mismo sitio a su órgano principal.
Dos mujeres que disfrutaban de una cena, la miraron con ojos de lagarto muerto.
Al dirigirse a la puerta, tropezó con el garzón, quien nunca perdió la esperanza:
-         Guardé tu corazón todo este tiempo esperando que este día llegara.
Sus ojos se miraron intensamente y el corazón en la caja de madera del garzón comenzó a latir con una fuerza jamás vista antes.


Alma errante

Taori sujetó su largo cabello con una cinta elástica que Amaira había confeccionado especialmente para él.El día era perfecto para sumergirse en el inmenso océano.Faltaban solo algunos días para la ceremonia y ambos amantes preparaban cada detalle de su boda.Taori sabia que el regalo ideal para su futura esposa estaba en el mar, lo había soñado un par de noches antes, abriendo una ostra gigante que destelló una brillante luz al asomarse una hermosa perla pura.Tomó el bote y dándole un beso en la frente a su mujer le dijo:- Volveré antes del anochecer, espérame en la orilla, volveré.Amaira lo miró detenidamente y le susurró:- Siempre te esperaré.Mientras Taori se alejaba en el bote, el corazón de la mujer pareció oprimirse.Una extraña brisa recorría la isla, esa brisa que los ancestros llamaban la málaga. Taori se internó mar adentro y al cabo de unos minutos ya no divisaba la costa.Sabia que solo en las profundas aguas podía encontrar la ostra perlada de cual su abuelo le contó innumeradas historias.“Esa perla hijo mío, contiene todo el secreto de esta isla. Se dice que cada vez que un hombre la ha encontrado queda prendado de su belleza, tanto que la codicia lo hace olvidar cualquier motivo para volver a la orilla”Esa perla será para Amaira – pensaba Taori. Era el regalo perfecto para su boda.Sus brazos estaban casi acalambrados de tanto remar y cuando su sexto sentido le dijo que era suficiente, dejó a un lado el remo y se preparó para sumergirse.Al igual que todos los hombres de la isla, Taori había aprendido a bucear  a muy temprana edad y era capaz de aguantar la respiración por casi cuatro  minutos.Se sentó en la orilla del bote y besó el collar que su padre le había obsequiado cuando niño, llenó sus pulmones de aire y sin pensarlo dos veces se arrojó de espaldas hacia el inmenso mar.Su cuerpo se movía de manera elegante, como un pez, mientras las algas lo razaban al pasar.Llevaba casi un dos minutos sumergido y de pronto comenzó a recordar las palabras de su abuelo:“La ostra no se esconderá al verte, al contrario. Los peces de fuego marcaran el camino”Fue entonces que pareció ver una llama de fuego frente a él.Al acercarse aun más pudo reconocer al pez de fuego. Su cuerpo cubierto de escamas rojas y amarillas, daban la sensación que estaba cubierto de llamas al nadar.Sin detenerse a pensarlo comenzó a nadar apresuramente tras el pez, el que parecía guiarlo entre las rocas y algas de la flora submarina.De pronto todo apareció ante sus ojos. Bajó un roquerío marino una gran luz destellaba.Taori se detuvo antes de sumergirse aun más.Sabía que debía volver, pues ya llevaba más de tres minutos sin respirar. Pero si salía a tomar aire no podría encontrar nuevamente el camino hacia la ostra.Fue entonces que imaginó a Amaira con esa hermosa perla prendida de sus cabellos y fue este pensamiento el que lo motivó a nadar hacia la luz.Al llegar a la gran roca, puedo completar la hermosa ostra, de gigantes dimensiones y hermoso caparazón.Tal y como su abuelo le había contado:“Cuando tus ojos ven la ostra, todo parece detenerse, es como si el tiempo fuera consumido en lo profundo del océano, como si ella tomara el control del universo”Taori comenzaba a fatigarse y necesitaba tomar aire lo más pronto posible.Por lo que se abalanzó sobre la ostra que se abrió de par de par ante él.Ante esa perla todo parecía tomar forma. La sonrisa de Amaira al recibir ese precioso regalo, el vitoreo de sus amigos al  felicitarlo por lograr la gigantesca hazaña. La apreciación de su abuelo y el reconocimiento de toda la isla.Cuando tomó la preciosa joya la ostra cerró con todas sus fuerzas el caparazón dejando dentro casi todo el antebrazo de Taori. Mientras tanto en la orilla de la playa Amaira miraba casi sin pestañear el horizonte, esperando divisar a su hombre en cualquier momento.El fatídico aire recorría la isla. Los niños no corrían por las calles y el silencio susurraba entre los árboles.Los gigantes que vigilan a las espaldas de Amaira observan a la mujer y se lamentaban en secreto, pues sabían que todo ya había terminado.Llegó el anochecer y la mujer permaneció impávida en la orilla.Era una noche sin luna y la oscuridad se mezclaba con la desesperación de Amaira.Fue cuando se percató de que su hombre podía estar perdido y que debido a la oscuridad profunda no encontraba el regreso a casa. Corrió por la orilla hasta que sus pies tocaron las cálidas aguas del pacifico y comenzó a cantar una hermosa canción que su madre solía cantarle cuando pequeña.Su voz recorrió hasta el último rincón de la isla y hasta los gigantes de piedra se estremecieron.Al día siguiente, la mujer permanecía en la orilla sin perder las esperanzas.Al caer la noche, comenzó  a cantar al igual que en  la jornada anterior.El tiempo pasaba para todos en la isla, pero ella continuaba en la orilla, mirando el océano y aguardando que apareciera el bote de Taori.Fueron miles de noches y días los que esperó. Sus pies se arrugaron y sus cabellos largos y canos se mecían tiernamente ante la brisa del mar.Como cada noche cantó hasta que la luna salió para guiar a su joven amado hacia sus brazos.Cierta noche sus pensamientos seniles la llevaron a internarse en el océano. Nadó y nadó hasta que su viejo cuerpo no pudo más. Fue entonces que descubrió los restos de bote varados en un roquerío de alta mar.Supo que Taori había seguido ese sueño que su abuelo le creó cuando niño. Entendió que su amor o su codicia lo habían asesinado.La mujer dejó de mover sus extremidades. Dejó de flotar y de a poco fue sumergiéndose en la profundidad del océano hasta encontrarse con su amado.Desde entonces y cada vez que la luna no aparece en la noche, se escucha un hermoso canto en la isla, el cual busca guiar a los errantes y perdidos en alta mar para que puedan regresar a la orilla sanos y salvos.