A veces me harto de escuchar
tanta barbaridad, banalidad y en general, escuchar sus comentarios sin sentido,
sobre la vida, sobre la felicidad, la simpleza con la que miran el mundo. Pero esto
último incluso me produce un cierto dejo de envidia. He muerto mil veces por
culpa de mi cabeza. E incluso he pensado en matarla de manera definitoria,
dejar de una vez por todas que genere tanta verborrea de pensamientos insanos,
que solo llenan un espacio imposible de manipular.
Los ruidos, las voces, las
canciones mal tarareadas, el caminar lento, el caminar rápido, todo se vuelve
un monstruo incontrolable, que en
cualquier momento es capaz de devorarme.
Esa opresión en el pecho que solo
la incertidumbre puede darte, es parte de esa banalidad. De esta constante en
donde giro a miles de kilómetros por segundo. Es una constante inconstante, esa
maldita paradoja de querer pertenecer, pero a la vez odiar la pertenencia,
odiar ese rasgo que pueda identificarte con cien millones más de personas. Ese sentimiento de inadaptación en donde eres
capaz de fingir por agradar. Ya no puedo hacerlo, mi esencia sale por mis poros
y la vomito lentamente. Hay un llanto suave de por medio, que me inunda de
cierto placer. Quiero alejarme, que me odien, que no me busquen, que dejen de pensar que me
intereso en ellos. Quiero de una vez por todas no ser nada, nada para ellos,
nada para ti.
Es suficiente con saber que soy “algo”
para mí, que necesito de mí, de mi cuerpo, de mis manos, de mis piernas, de
mi enfermo corazón con arritmia.
Y vuelve esta verborrea, ese
grito visceral en donde saco ese sentimiento de odio. Odio puro, en su más
hermosa esencia. ¿Y qué es el odio? Me han dicho que es amor disfrazado…Disfrazado
de qué? el odio es pasión, es inconformidad, es
sentir una herida latir, es sangre que corre y brota. Eso es odio, y viéndolo
así puede transformarse en amor.
Y aquí viene de nuevo, ese choque
inminente entre mi consciencia y los valores. Todo terminará como ayer y antes de ayer, mi cerebro calcinado una vez más, brotando de él, el juego del vaivén del eterno retorno.
Una vez más me he auto aniquilado.