miércoles, 15 de abril de 2015

Corazón

Tomando una última copa, dejó entrever que seria su última cena.
Ella, sabiendo que todo terminaría, no probó bocado alguno, para disfrutar de cada detalle; cómo bebía vino, cómo sus cejas se arqueaban cada vez que metía un langostino en su boca, cómo humedecía sus labios con su lengua antes de hablar, cómo sonreía falsamente cuando la miraba.
Al salir del restaurante su corazón se quedó en aquella mesa y su cuerpo insensible de dolor, caminó sin rumbo bajo la lluvia.
Él la miró desaparecer, sin ser capaz de moverse por miedo a que el frío invierno arruinara su peinado.
Tomó un taxi en dirección contraria y jamás volvió a verla.

Ella perdió su corazón y respirar se transformó en un acto sin pasión. Caminaba sin sentir cansancio, trabajaba veinticinco horas al día y cuando se agobiaba demasiado, se sentaba en el sillón un par de minutos con los ojos cerrados.

Cierto día, de improviso su cerebro pareció mandar una orden de alegría a su boca. Pero el camino no era directo, pues la señal debía pasar primero por su corazón.
Como ese lugar estaba vacío, solo esbozó una mueca, que lejos de parecer una sonrisa, era similar a un espasmo de asco.
Trató de recordar en dónde dejó su corazón. Fue entonces que visualizó aquella mesa con su corazón casi sin pulso.
Corrió lo más a prisa que su cuerpo le permitió. Entró al restaurante y acercándose a la mesa esperó encontrar en el mismo sitio a su órgano principal.
Dos mujeres que disfrutaban de una cena, la miraron con ojos de lagarto muerto.
Al dirigirse a la puerta, tropezó con el garzón, quien nunca perdió la esperanza:
-         Guardé tu corazón todo este tiempo esperando que este día llegara.
Sus ojos se miraron intensamente y el corazón en la caja de madera del garzón comenzó a latir con una fuerza jamás vista antes.


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