Tomando una última copa, dejó entrever
que seria su última cena.
Ella, sabiendo que todo terminaría, no
probó bocado alguno, para disfrutar de cada detalle; cómo bebía vino, cómo sus
cejas se arqueaban cada vez que metía un langostino en su boca, cómo humedecía
sus labios con su lengua antes de hablar, cómo sonreía falsamente cuando la
miraba.
Al salir del restaurante su corazón se
quedó en aquella mesa y su cuerpo insensible de dolor, caminó sin rumbo bajo la
lluvia.
Él la miró desaparecer, sin ser capaz
de moverse por miedo a que el frío invierno arruinara su peinado.
Tomó un taxi en dirección contraria y
jamás volvió a verla.
Ella perdió su corazón y respirar se
transformó en un acto sin pasión. Caminaba sin sentir cansancio, trabajaba
veinticinco horas al día y cuando se agobiaba demasiado, se sentaba en el
sillón un par de minutos con los ojos cerrados.
Cierto día, de improviso su cerebro
pareció mandar una orden de alegría a su boca. Pero el camino no era directo,
pues la señal debía pasar primero por su corazón.
Como ese lugar estaba vacío, solo
esbozó una mueca, que lejos de parecer una sonrisa, era similar a un espasmo de
asco.
Trató de recordar en dónde dejó su
corazón. Fue entonces que visualizó aquella mesa con su corazón casi sin pulso.
Corrió lo más a prisa que su cuerpo le
permitió. Entró al restaurante y acercándose a la mesa esperó encontrar en el
mismo sitio a su órgano principal.
Dos mujeres que disfrutaban de una
cena, la miraron con ojos de lagarto muerto.
Al dirigirse a la puerta, tropezó con
el garzón, quien nunca perdió la esperanza:
-
Guardé
tu corazón todo este tiempo esperando que este día llegara.
Sus ojos se miraron intensamente y el
corazón en la caja de madera del garzón comenzó a latir con una fuerza jamás
vista antes.
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